La psicología del otro

Miguel Vazquez Garcia, 21 de abril de 2007

 

“No siempre hagas a los demás lo que deseas que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes”. Esta cita de Bernard Shaw contiene en esencia lo que “la psicología del otro” aporta a la comprensión de la neurosis desde el punto de vista interpersonal . El otro, por lo general, tiene gustos que difieren de los nuestros, necesidades que pueden fácilmente no coincidir con lo que nosotros necesitamos aquí y ahora. El otro no soy yo. Y cuando al otro le hacemos lo que deseamos que nos hagan a nosotros, dando por hecho que sus gustos son iguales a los nuestros, usurpamos su lugar y deja de importarnos como persona con necesidades y deseos propios.

Wittgenstein en su obra Investigaciones filosóficas escribe: «las cosas parecen ocultas, no porque se encuentren debajo de la superficie, sino porque son familiares y simples y están siempre ante nuestros ojos...». Una de las dificultades mayores con la que nos encontramos en nuestro oficio es poder ver lo que hay en el otro de evidente. «...lo que vemos en psicología, así como en la vida cotidiana, es la conducta expresiva del sujeto, las manifestaciones de su pensamiento, sus creencias y su deseo», John M. Heaton, “Wittgenstein y el psicoanálisis”.
Entre los siglos XI y XII de la era cristiana vivió el poeta Omar Khayyam, de quien podemos leer en una de sus cuartetas, la nº XXXI: «Nadie es capaz de ver lo que se oculta detrás de lo aparente». La neurosis es el gran trampantojo del siglo XXI. Trampantojo quiere decir lo que dice: trampa ante ojo. Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es. La neurosis en definitiva viene a significar algo muy parecido: trampa o ilusión con la que se pretende engañar uno a sí mismo y a los otros. (La palabra tramoyista, en una de sus acepciones propone:: el que trabaja en las mutaciones escénicas; en sentido figurado se dice de la persona que utiliza ficciones o engaños).
El entrenamiento terapéutico o como diría Fromm “la práctica del oficio” tiene ciertos requisitos generales, imprescindibles, para adquirir el dominio y la destreza necesarios, como son: la disciplina, la concentración, la paciencia y la preocupación suprema. Si lo pensamos, estos requisitos dan forma al proceso de aprendizaje, sin el cual “lo que vemos” se convierte en “lo que queremos ver”.
En Psicología toca ser prudentes, entendiendo la prudencia como la capacidad de prever las consecuencias de nuestras acciones. Todos nos podemos dar cuenta de lo que supondría arrojar un ladrillo al otro lado de la muralla. Ser consciente significa poder prever las consecuencias de la acción de “arrojar el ladrillo”. No confundamos las consecuencias con las repercusiones que puedan o no tener los hechos, éstas no las controlamos, las primeras están en nuestras manos.
El otro, la persona que asiste a terapia, lo hace en la medida que plantea una demanda y la demanda se puede plantear en los términos siguientes:

 

- No sé lo que me pasa, pero no me encuentro bien.

 

Si ponemos atención al análisis lingüístico del habla, empezaremos a ver lo evidente: ...no me encuentro... En alguna fase del proceso de la vida “el otro” se ha perdido y viene a que lo ayudemos a orientarse. Generalmente el encuentro terapéutico es el encuentro de dos desconocidos, y teniendo esto presente, es importante que la persona que ayuda no prejuzgue, no adivine, no haga juicios de valor y se interese humildemente, no modestamente, por la tragedia personal que el otro está presentando. En palabras de Freud ”Tomar como modelo la conducta del cirujano, que impone silencio a todos sus efectos, incluida la compasión”. Es importante situar a la persona en el espacio y en el tiempo en el que dejó de verse.

 

-¿Cuánto tiempo hace que se siente de esta manera?

 

Es la forma de que nos hable de cómo era antes de haberse perdido.

• ... ... ...

La narración “del otro”, no necesariamente hablada (el lenguaje analógico, como apunta Cencillo en su libro La práctica de la psicoterapia: gestos, tono de voz, suspiros, sollozos, silencios...), nos dará la información necesaria para:

 

l. Que el otro no se sienta marginado del interés del terapeuta.

2. Orientar a la persona acerca de lo que necesita, desea, sienta, piense, diga y haga... con el propósito de encontrar coherencia , es decir, de proporcionarle los medios que den sentido a su vida, y que sea posible que hable con su propia voz.

 

En la neurosis la persona no está acostumbrada a utilizar su voz, puede creerse perdida en el momento que le fallen los asideros y el mundo se convierte en un lugar amenazante. Esos asideros, no son otra cosa que los mecanismos de defensa que la persona utiliza de forma automática para mantener engrasado (actualizado) el artilugio de su neurosis y rendirse frente a su imagen idealizada.

 

Podemos también definir el trastorno neurótico como la incapacidad de la persona a elegir. John Stuart Mill, filósofo inglés del siglo XIX, propone que «el hombre se diferencia de los animales no tanto por ser poseedor de entendimiento o inventor de instrumentos y métodos como por tener capacidad de elección: por elegir y no ser elegido; por ser jinete y no cabalgadura». En la medida que ejercemos de neuróticos dejamos de ser agentes de nuestras vidas para dedicarnos a satisfacer necesidades compulsivas, es decir, necesidades que no logramos satisfacer y que generan una vez llevadas a cabo, hondos sentimientos de culpa y angustia. (El agente es quien realiza la acción del verbo: sentir, pensar, hacer, decir).


Para poder ayudar, orientar, serle de utilidad al otro... es básico considerar las distintas circunstancias y los niveles que intervienen en el proceso de formación de la personalidad: genético, biológico, psicológico, cultural, ecológico, etológico... Porque todos ellos juegan papeles decisivos en la maduración personal. Y es en el nivel etológico en el que Karen Horney se inspiró para explicar la estructura neurótica de la personalidad, de gran utilidad terapéutica para resolver problemas de bloqueos del crecimiento.


Horney advirtió que ante una situación de peligro la etología nos muestra tres tipos de actuaciones posibles: podemos ir hacia el otro, contra el otro y lejos del otro.


El movimiento “hacia” el otro lo define Horney como la necesidad neurótica de afecto y aprobación. Hablamos de una indiscriminada necesidad de agradar al otro y ser querido y recibir la aprobación del otro. El centro de gravedad (del propio equilibrio emocional) está puesto en el otro y no en uno mismo, siendo lo único que cuenta “lo que el otro quiera” con tal de no despertar sentimientos hostiles ni en el otro ni en uno mismo.
El movimiento “contra” el otro lo define Horney como la necesidad neurótica de poder. Una ausencia más bien continua de respeto por el otro, por su individualidad, por su dignidad. No considerarlo, no valorarlo... Los sentimientos de superioridad sobre el otro y la necesidad neurótica de explotarlo y hacerlo su subordinado, son su agenda secreta. Y hay un aspecto esencial en esta estructura y es la capacidad que desarrolla de anular las expectativas en el otro cuando no sirven a un fin propio.


El movimiento “lejos de” lo define Horney como la necesidad de autosuficiencia e independencia, y encierra el deseo neurótico de libertad como fin en sí mismo. El alejamiento del otro le da la seguridad porque teme necesitarlo, teme vincularse, aproximarse, enamorarse. Entiende la intimidad no como una conquista cultural sino como algo que solo sirviera para protegerse.


Podríamos definir la personalidad neurótica como una especialización en uno de los tres movimientos posibles.

• Hacia el otro. Personalidad modesta. Glorifica el Amor.
• Contra el otro. Personalidad prepotente. Glorifica el Poder.
• Lejos del otro. Personalidad escapista. Glorifica la Libertad.

 

El sujeto neurótico termina convirtiéndose en alguien sin posibilidad de elección. Tenderá compulsivamente a decir “sí” cuando su estructura sea la de una personalidad modesta, y “no” si es prepotente o “tal vez” si es una personalidad escapista o resignada como la califica Horney, pero no podrá decir y hacer lo que sienta o piense (necesite o desee) porque sus debieras con respecto a la imagen idealizada que tiene de sí mismo de ser todo Amor o todo Poder o todo Libertad, no se lo permite. Solo juega en una dirección y no hay más rumbo que los que le marcan sus debieras sagrados: “yo debería… por ejemplo: no equivocarme”.


Siendo poco probable que “la personalidad neurótica de nuestro tiempo” (título de uno de los libros de Karen Horney) pueda hacer suya la frase “Confieso que he vivido” (título de las memorias del poeta Pablo Neruda), tenemos que procurar comportarnos, en la medida de las posibilidades de cada uno, lo menos neuróticamente posible. Nos ayudará en este empeño empezar a creer de verdad que el otro existe, que no es una quimera, ni una máquina fabricada para satisfacer las exigencias de cada uno, estén o no cargadas de buenas intenciones.
En la segunda parte María y Samuel hablarán específicamente del Trastorno Bipolar. En la reunión previa con el doctor Vélez Noguera, Jefe de la Unidad de Psiquiatría del María Auxiliadora de Sevilla, nos pareció oportuno hacer una introducción acerca de las tendencias neuróticas, en la medida que su manejo terapéutico ayuda a comprender la dinámica de las fases maníacas y depresivas.


María hablará de los cuidados para con el cuidador. En la fase maniaca la ficción de poder se experimenta como real. La fe en la omnipotencia de la inteligencia, la razón... la asignación de un valor extremo a la presciencia y a la predicción. Sentimientos de superioridad sobre los demás, que luego son experimentados como ridículos... Y generan culpa y angustia en la fase depresiva... Una reacción de desolación (y agresión) ante cualquier posible frustración de los deseos. Los otros, íntimos y extraños a la vez, son evaluados según sean o no útiles a las necesidades compulsivas, irreales del momento, de acuerdo con su valor coyuntural... podríamos decir que en la fase maniaca el yo es usurpado por la imagen idealizada con todas sus impotencias, de ahí que resulte a los ojos de los otros patético en ocasiones, porque es la literalidad de la imagen idealizada puesta al servicio del delirio. Y en ese momento de máxima fragilidad merece todo nuestro respeto y ayuda.


En la fase depresiva el movimiento “lejos de” proporciona la distancia de seguridad en tanto que uno se percibe como una carga para sí mismo y para los otros. Las recomendaciones que encierran contradicciones (las paradojas, el contrasentido, las frases hechas) son vividas por la persona deprimida como agresiones: “querer es poder”, “al mal tiempo , buena cara”, “ tú lo que tienes que hacer es no pensar en cosas tristes”... La fase depresiva es físicamente dolorosa, la persona cruza el baldío, la nada absoluta, con una profunda sensación de vacío, de oquedad insondable.
Toda terapéutica está definida por sus usos y limitaciones, en el trastorno bipolar los usos de la psicoterapia son necesarios y muy eficaces, en la medida que ayudan a tomar conciencia del problema, es decir, a darse cuenta y a actuar consecuentemente, amortiguando los elementos estresantes, identificando los síntomas que precipitan la crisis y conviniendo con el sujeto en terapia (el otro, en este caso) que padecer un trastorno no lo convierte a uno en el trastorno; uno es más que su enfermedad cuando la conoce y respeta las reglas.


A continuación veremos Roma, es una de las cinco historias que conforman la película “Noche en la tierra” dirigida por Jim Jarmusch. Durante aproximadamente 25 minutos seremos testigos del paradigma de un comportamiento maniaco, interpretado magistralmente por Roberto Benigni. Iremos asistiendo a un discurso donde el protagonista habla, habla y habla, de forma torrencial, sin posibilidad de relacionarse empáticamente con el otro. “Las tendencias neuróticas, escribe Karen Horney, no sólo están desprovistas de los valores humanos que imitan, sino que ni siquiera representan lo que la persona desea”. El Doctor Enrique Bergón (quien fuera profesor de Psiquiatría y Director del Programa de Posgrado en la Especialidad de Psiquiatría en la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York), en sus Talleres de Formación nos recordaba a sus alumnos que la Bestia Egocéntrica es ciega (no ve al otro), ruge (no dialoga) y da zarpazos (mata).

Los trastornos psicológicos son causa de sufrimiento para la persona que los padece y para las personas a las que está vinculado afectivamente. Nos ha parecido relevante empezar hablando de neurosis, continuar con este fragmento de película de unos 25 min. y luego dar paso a mis compañeros que hablarán de un trastorno que si bien no es neurótico, su dinámica hace posible que el conocimiento de las estructuras del carácter facilite la tarea de ayudar a quienes lo padecen. Muchas gracias. Vemos la película, hacemos un pequeño descanso y continuamos.

 

Miguel Vázquez García

Sábado, 21 de abril de 2007.

La sesión inicial: Final de una etapa. El encuentro consigo mismo. (1999-2000).

       La primera entrevista es la que entraña más riesgos para la evolución del resto del proceso terapéutico. Anterior al encuentro cara a cara, por lo general, ya ha habido otro breve encuentro por medio del teléfono: esa llamada ha podido ser hecha por el propio interesado o por una segunda persona, y de esta manera el terapeuta ya está recabando información  de la persona que va a entrevistar. Información que en el transcurso del encuentro, el terapeuta confirmará, rechazará o pondrá en cuarentena.

 

       La primera entrevista para el analizando la podemos comparar con una tarjeta de presentación, mediante la cual el sujeto suele mostrar la demanda (sin demanda no hay trabajo terapéutico posible) en un plano interpersonal, de relación con el otro, y no como un problema intrapsíquico, de uno consigo mismo. La culpa, al contrario que en el niño, no suele recaer sobre el propio sujeto, la culpa es de los demás (el no yo) que no me entienden.

 

       El analista no está para dar soluciones, como en un principio podría imaginarse. El analista lo es en la medida que trabaja para que el analizando encuentre sus propias soluciones y esto pasa porque las vivencias no se transmiten, se viven o no se viven, de ahí que el análisis didáctico, sostenido por un marco teórico bastísimo, ponga el acento en la comprensión del ser basándose en la experiencia, en todas las experiencias vividas por el yo del analizando.

 

       Hay tantas modalidades de primeras entrevistas como terapeutas que las lleven a cabo. En este sentido podemos postular diciendo que, más decisivo que el marco terapéutico en el que nos movamos, es la personalidad del terapeuta, que a lo largo de su proceso experiencial consigue adecuar la teoría a su propio ser. De esta manera ocurre, como ya advirtiera Jung, que para que un análisis fructifique debe haber un común entendimiento entre analista y analizando. Y este entendimiento, esta comunión de intereses, es de cierto uno de los objetivos esenciales de la primera entrevista para el terapeuta: saber si puede aportar una ayuda franca a la persona que tiene enfrente, en definitiva, saber si puede ayudarla a ayudarse.

 

                                                                                               Miguel Vázquez García.

 

 

 

Es esencial, en suma, que todo candidato al análisis, sea cual fuere el motivo que le incite a emprenderlo, desee un análisis por sí mismo. Los sujetos que no tienen ningún reconocimiento de sufrimiento psicológico no son verdaderamente candidatos al análisis, aunque los demás les demuestren con insistencia que necesitan una ayuda terapéutica. ¡No todos aquellos que "necesitan" un análisis son necesariamente analizables! Ningún individuo, sean cuales fueren sus síntomas, está en condiciones de obtener beneficios del psicoanálisis o de la psicoterapia, si no acepta plenamente que es de su propio deseo del que se trata, cuando emprende esta aventura tan difícil como fascinante. De esta forma, lo que exigimos en prioridad  a los futuros analizados es reconocer que están angustiados o deprimidos, decepcionados o perplejos, que presentan síntomas cuyo significado no pueden descubrir, o que han hallado en sí mismos una tendencia a la repetición sin fin de las mismas experiencias desgraciadas.

 

                                                  Joyce McDugall: Teatros del cuerpo. Ed Julián Yébenes. 

La Psicología de Lo Evidente No Consciente.  

       

  Las cosas parecen ocultas, no porque se encuentren debajo de la superficie, sino porque son familiares y simples y están siempre a nuestro alcance.

 

Wittgenstein. Investigaciones Filosóficas. Editorial Crítica, 1988.

 

   La mirada idealizadora nos compele a buscar entidades misteriosas, cuando lo que debemos hacer es ver lo que realmente es.

   No es inspeccionando nuestras imágenes, sentimientos y pensamientos que entenderemos lo que son. Ellos no están fuera del lenguaje; debemos ver cómo se utilizan los conceptos para darles sentido.

 

John M. Heaton. Wittgenstein y el psicoanálisis. Gedisa editorial,2004.

 

    En terapia es necesario ir descubriendo la incoherencia que sustenta el trampantojo de cada hablante, independientemente del significado formal de su discurso. Esto implica que la palabra, además de sus significados (valores) denotativos y connotativos, tiene otros que van más allá del “consciente colectivo” del  propio hablante: los evidentes no conscientes. 

   Los evidentes no conscientes no necesitan ser explicados desde la represión o el olvido, como mecanismos inconscientes, sino más bien desde niveles que estando activos en la vida consciente del sujeto, éste no ve. La neurosis supone un estrechamiento del campo de la conciencia, una especialización en la que el sujeto ve, no lo que hay, si no lo que quiere que haya. 

   Las falsas creencias, familiares y simples, que heredamos con el lenguaje , sustentan las exigencias y la tiranía de los debiera, conceptos desarrollados por Horney en su libro Neurosis y Madurez.

Miguel Vázquez García. Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Responsable de publicaciones del área de Humanidades de Padilla Libros Editores & Libreros.

 

   Los psicoanalistas idealizan en sus teorizaciones; por ejemplo, la idea de una “mente” o un “inconsciente” como una suerte de entidad fantasmal. 

John M. Heaton. Op. Cit. 

 

   Es un error suponer que lo “interno” es un proceso mental que adquiere sentido mediante la introspección.

Wittgestein. Op. Cit.

 

   Los procesos intrapsíquicos (sentir-pensar) cobran identidad para el otro en tanto que son mostrados en el ámbito interpersonal (decir-hacer). 

Miguel Vázquez García

 

   Deja que el uso de las palabras te enseñe su significado.

Wittgenstein. Op. cit.

 

   El peso recae sobre el uso de las palabras, pues muestra nuestro abordaje del problema, (...) 

 

                          “Dime cómo estás buscando y te diré qué estás buscando”.

                                                                    Wittgenstein

 

(…), y es este mostrar el que nos permite ver las deformidades que distorsionan nuestro pensamiento.

John M. Heaton Op. cit.

 

   En psicoanálisis existe una tendencia a fetichizar el significado.

John. M. Heaton. Op. Cit.

 

 

Deambulando por la antítesis.

 

     A la manera de Horney diríamos que la dificultad terapéutica  estriba en hacerle evidente al otro la falta de coherencia discursiva entre su vida interpersonal y su vida intrapsiquica . El sujeto en terapia dirá que se da cuenta y que por tanto es consciente; confunde darse cuenta (que no supone ningún tipo de compromiso para con uno mismo y el otro; es un acto meramente perceptivo) con ser consciente, donde el sujeto asume las consecuencias de sus acciones. 

     Lo verdaderamente importante en terapia es ayudar al sujeto a entender lo evidente, aquello que está delante de sus ojos, motivo del padecimiento, y que no ve. El análisis de las situaciones de estrés/ansiedad nos proporcionará las claves para no sufrir innecesariamente, actuando sobre los dos grandes escenarios del ser humano: Intrapsiquico (Lo que Siento/ Lo que Pienso) e Interpersonal: (Lo que Digo/ Lo que Hago).

     Exponiendo los hechos, el sujeto se mirará en ellos, los reconocerá como propios y se conocerá mejor. Al fin y al cabo, yo soy el que soy, quiere decir que yo no puedo ser otro. Y para ser yo y contar, al final de los días, que he vivido, tengo que vivir mi vida, no la de los otros, para lo cual necesito relacionarme con mis necesidades y deseos y atenderlos, pero reconociendo que el otro también existe y tiene creencias y gustos diferentes. 

     Miguel de Unamuno dejó escrito en su libro La agonía del cristianismo que hacer lo que a uno le da la real gana no es una potencia intelectual. No presumamos, visto lo visto, de noluntad; si lo hacemos hay una probabilidad alta de que el otro conozca lo peor de uno. La bestia egocétrica es, emocionalmente hablando, ciega (no ve al otro, ni sus necesidades, ni sus deseos y menos acepta que tenga gustos diferentes), sorda (no dialoga) y da zarpazos (hiere). No olvidemos que en este mundo, el único mundo donde la vida es posible (por ahora), vive gente de todos los siglos y en nuestro cerebro, compendio de civilizaciones, también. Dejémonos alumbrar por las luces de nuestro tiempo.   

 

 

                                                               Miguel Vázquez García

                                                               Psicólogo Especialista en Psicología Clínica.

 

 La Línea de la Concepción, 24 de julio de 2016.

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© PSICÓLOGO MIGUEL VÁZQUEZ GARCIA. ESPECIALISTA EN PSICOLOGÍA CLÍNICA EN LA LINEA DE LA CONCEPCIÓN. CÁDIZ. COLEGIADO: AN 00240.

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